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Ficción y relatos

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Manuel Salvatierra

De la vida privada de Manuel Salvatierra se sabe muy poco, y lo poco que se sabe es casi todo inventado. Jugador empedernido, noctámbulo, alcohólico, y con tendencia a los puños más que al diálogo, nunca tuvo una vida tranquila ni libre de cicatrices. Aunque la genética le regaló buena altura y un cabello denso —de los que resisten a la edad— la falta de sol había dejado su rostro blanquecino, vampírico. Una vida ajena a la luz.

Héroe para unos pocos, bandido para muchos que no llegarían jamás a conocerle pero que así lo calificarían de haberlo hecho. Se decía que le faltaban el meñique y el anular de su mano derecha, y también que daba patadas a los perros callejeros con su pierna izquierda.

Como contador de mentiras no había otro igual, o eso se comentaba en los tugurios del juego, a los que siempre iba solo y de los que salía solitario. También orinaba en la calle, siempre debía más dinero del que perdía, y engañaba a las mujeres de débil criterio, a las que seducía con sus hoyuelos de actor y su palabrería de charlatán. 

“Manuel Salvatierra era una joya”, diría su propia madre años después, al enterarse de su trágica muerte, envuelta en una bata de raso e indiferencia, carcomida por la vida, ella y la bata. “Vos sos poeta” le habría dicho Marcela, prostituta y yonki que frecuentaba cuando vivía en Buenos Aires, antes de estafar a la empresa de exportaciones y de huir a Barcelona.

A su muerte la prensa no se molestó ni en señalar sus iniciales, y la breve crónica juzgó el evento como un simple ajuste de cuentas. Al funeral no acudió casi nadie. Pasó desapercibido y pilló por sorpresa a algunos; y los pocos que fueron, lo hicieron para verificar que estaba bien muerto. 

Fue un sepelio en extremo sencillo. No tuvo epitafio en su lápida, porque no hubo ni losa. Aunque curiosamente él lo tenía previsto, predestinado, como él siempre se vio a si mismo, a trascender: “La vida te da dos opciones: intentarlo o dejarte llevar. Yo me dejé llevar por el intento, y luego intenté no dejarme llevar.”

-Óscar Diéguez

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