Por caer al suelo el teléfono móvil quedó destrozado. Decenas de grietas dibujaban una tela de araña enloquecida y amorfa sobre la pantalla táctil. Se veían los iconos en el fondo, pero del todo imposible distinguir los unos de los otros. Y al pulsar con los dedos el teléfono no reaccionaba. Sintió pánico. Un escalofrío le recorrió la espalda y le subió por el cuello, como si le raspasen con un punzón helado. Los ojos se le abrieron mucho, las pupilas dilatadas, el cuerpo preparado para la amenaza.
¿Cómo se iba a informar ahora?, ¿de qué manera se iba a atiborrar de verdades exageradas y de exposiciones tramposas? ¿Quién la iba a encender las emociones más incómodas con noticias falsas que buscan el “clic” de la difusión?
Corrió a la tienda de móviles para preguntar por una reparación de pantalla, pero era tarde, y todo estaba cerrado. El escalofrío ya invadía sus sienes y parecía perforar su cráneo. Sintió una trepanación, aún sin saber lo que era eso; y le comenzaron a sudar y a temblar las manos.
¿Cómo iba ahora a enterarse de en qué restaurante estaban sus no conocidos, fotografiando a saber qué exóticos alimentos en primer plano, con filtro para comida? ¿Dónde quedarían los vendedores del éxito rápido, los mercaderes del músculo, los promitentes de belleza? ¿Qué iba a ser del humor rancio, de los que opinan sin saber, de las frases célebres de filósofos y pensadores sobre fondo silvestre y de las travesuras de gatitos tiernos? ¿Y quién le enseñaría a reformar una casa que no tiene, o a invertir en monedas intangibles con el dinero que tampoco posee?
Ya en casa, el móvil no cargaba, por mucho que lo intentase, metiendo y sacando una y otra vez la clavija del cable de carga, como un enfermo de repetición, mientras la barra informativa pasaba del naranja al rojo. No tardó mucho en quedarse sin batería, y se apagó.
Esa noche no pudo dormir, por el silencio, por los temblores y la ansiedad, porque el contacto con la realidad ya le era ajeno, y sin pantalla todo era hostil, por aburrido y lento.
Y lloró sobre su teléfono móvil, como quien llora a un muerto.
-Óscar Diéguez

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